Hacia el final de la jornada, la concentración suele bajar de forma natural, incluso si el resto del día ha ido bien. Intentar afrontar en ese momento una tarea especialmente exigente suele resultar frustrante, ya que cuesta más de lo habitual mantener la atención necesaria.
Reservar una tarea sencilla para esas últimas horas del día permite aprovechar mejor ese momento de menor energía. No hace falta que sea una tarea sin importancia, basta con que no requiera la misma concentración que las tareas más exigentes de la mañana.
Planificar esto desde primera hora
Decidir desde primera hora qué tarea se dejará para el final del día evita tener que improvisar cuando la energía ya ha bajado. Saber de antemano qué queda pendiente para ese momento facilita organizar mejor el resto de la jornada.
Este tipo de tareas suele incluir revisiones sencillas, pequeñas correcciones o gestiones que no requieren un pensamiento demasiado profundo, encajando bien con el nivel de energía que suele quedar al final del día.
Con una tarea sencilla ya prevista para el final, no se pierde tiempo decidiendo qué hacer justo cuando la concentración ya está baja. La jornada tiene así un cierre natural, en lugar de terminar con una tarea demasiado exigente para ese momento.
Guardando una tarea ligera para el final del día, la jornada se cierra de forma más llevadera y sin la sensación de estar forzando la concentración hasta el último minuto. El día termina con una nota más tranquila.
Con el tiempo, resulta útil llevar un pequeño registro mental de qué tipo de tareas funcionan mejor para ese último tramo del día, ya que no todas las personas responden igual a la bajada de energía vespertina. Algunas prefieren tareas puramente mecánicas, mientras que otras rinden mejor con algo ligeramente creativo pero poco exigente. Encontrar ese equilibrio personal facilita mucho la planificación de las tardes en las semanas siguientes.