Revisar el correo en cualquier momento libre parece una forma razonable de mantenerlo al día, pero en realidad multiplica las interrupciones a lo largo de la jornada. Cada vez que se abre la bandeja de entrada, cuesta un poco más volver a concentrarse en lo que se estaba haciendo antes.
Fijar dos momentos concretos del día, por ejemplo a primera hora y después de comer, permite revisar el correo con calma sin que interrumpa constantemente el resto del trabajo. Fuera de esos momentos, la bandeja de entrada puede quedar cerrada sin que eso suponga ningún problema real.
Confiar en que el correo puede esperar
La mayoría de los mensajes no necesitan una respuesta inmediata, aunque en el momento puedan parecer urgentes. Saber que hay un momento fijo reservado para revisarlos ayuda a dejar de comprobarlos constantemente por pura costumbre.
Durante los dos momentos elegidos conviene revisar el correo con atención, en lugar de hacerlo deprisa entre otras tareas. Así se aprovecha realmente ese tiempo, en vez de dejar mensajes a medio leer para más tarde.
Con el tiempo, esta rutina se vuelve natural y deja de requerir esfuerzo consciente. El resto de la jornada queda libre para concentrarse en otras tareas, sabiendo que el correo tiene su propio espacio reservado.
Con el paso de las semanas, suele resultar útil ajustar ligeramente esos dos momentos según cómo evoluciona el propio ritmo de trabajo, en lugar de mantenerlos fijos sin revisión. Algunas personas descubren que prefieren adelantar la segunda revisión una hora, simplemente porque encaja mejor con el resto de sus tareas. Esta pequeña flexibilidad no contradice la idea original, sino que la refuerza, ya que el objetivo sigue siendo mantener el correo bajo control sin que interrumpa constantemente el resto del día.